Expuso en la Academia de San Carlos sus obras: La Madre del Salvador, La sibila tiburtina, La bella jardinera, La oración y Rebeca volviendo de la fuente.
Matilde Zúñiga
Pintora
Estado de México – CDMX
15/03/1834 – 19/03/1889

Una historia de arte y melancolía

🖋 Alma Lilia Ríos Colín © (@Lilo_Alma)

¡Es una niña! Apenas recibieron la noticia de mi nacimiento y mis padres ya sabían cuál sería mi suerte: el celibato, si no encontraban el marido adecuado para mí. Mientras tanto crecería enclaustrada en casa, aprendiendo arte.

Llegué al mundo el 15 marzo de 1834 en Toluca y fui bautizada bajo la fe católica como María Matilde de la Trinidad Zúñiga Valdés. Mis padres Manuel y Luisa, de abolengo español y de una buena posición económica, pronto me llevaron a vivir a un poblado cercano, pero con grandes atrasos sociales y económicos. Era común ver burros jalando carretillas sobre los caminos de terracería y empedrados que dividían las viviendas humildes de las pocas haciendas que había, lo que evidenciaba la desigualdad social en Zinacantepec durante el siglo XIX.

El país se recuperaba de la guerra de Independencia y el pueblo sufría los estragos, uno de ellos: la inseguridad de la que mi familia no se libró, cuando tiempo atrás mi padre fue atacado por unos bandoleros. Por eso fui una niña sobreprotegida.

En el corazón de Zinacantepec se mantiene de pie lo que fue mi hogar, una casona estilo neoclásico donde también estuvo asentado el negocio familiar: la antigua Tienda del Águila, el inmueble se caracterizaba por un gran huerto, un patio central y corredores.

Ahí pasé mi vida recluida, aprendí a leer, escribir, adquirí conocimientos sobre ciencia, catolicismo, pero sobre todo conocí a la  que sería mi compañera de vida: la pintura. En ese entonces la mayoría de las mujeres de mi edad eran analfabetas y se casaban muy jóvenes con campesinos o, en el mejor de los casos, con algún trabajador ferroviario.

Entre la clase social alta de Latinoamérica y España era costumbre formar a las mujeres para ser solteras toda la vida. Las mantenían ocupadas con el arte, pero nunca las instruían para una profesión, privilegio que era exclusivo de los varones. Por esta razón y porque no se aceptaban mujeres, no pude estudiar en el Instituto Literario.

A diferencia de la mía, la vida de mi hermano Teodoro Zúñiga transcurrió fuera de casa, viajó, fue abogado, diputado y magistrado, entre otros cargos de buen rango.

Precisamente fue mi hermano quien accidentalmente descubrió mi talento con el pincel. Un día llegó a casa con Felipe Santiago Gutiérrez, quien ya era un gran pintor. Él quedó asombrado por los retratos que yo había creado sin instrucción alguna y también por el atraso intelectual que tenía Zinacantepec. Le mostré el retrato de mis padres que pinté cuando tenía 16 años, basándome solo en los conocimientos de dibujo y pintura que Teodoro me compartió. Mis padres accedieron a que Felipe Santiago me capacitara, aunque siempre bajo estricta vigilancia.

Durante cinco años de convivencia, le llegué a tener mucha estima y admiración. Aunque me pretendía, a mis padres él nunca les gustó por sus rasgos indígenas y por ser un hombre liberal. Ellos querían para mí un marido conservador, con clase y abolengo. Cuando se despidió de mí para emprender su viaje por América y Europa, no pudimos contener las lágrimas, regresó 30 años después y pintó un retrato mío. Nunca me permitieron tener otro  maestro después de él.

Mi vida solitaria y amarga quedó reflejada en mis cuadros. La mayoría  son tristes, trágicos y en esencia religiosos. Hay un catálogo de 22 obras mías, entre retratos, paisajes y bodegones, y aunque la mayoría son copias de autores europeos, han recibido buenas críticas por su calidad. Se me atribuye la pintura de La Dolorosa, señalada como la cumbre del dramatismo.

Pese a mis circunstancias de encierro, fui una de las primeras mujeres del estado y del país  en exponer mis cuadros en la Ciudad de México, en la Academia de San Carlos. También participé, sin salir de mi casa, en exposiciones del Instituto Nacional de Bellas Artes, además recibí por lo menos tres reconocimientos.

Cuando mis padres murieron decidí dedicarme a las obras de caridad cuidando niños, ancianos y enfermos, hasta encontrar la muerte el 19 de marzo de 1889, cuando tenía 55 años de edad, posiblemente contagiada de tifus.

Este relato es producto de la investigación e imaginación de la autora.
Matilde Zúñiga
  • Debido a la poca difusión de su obra, Matilde Zúñiga es casi desconocida para los habitantes del Estado de México; parte de sus obras se encuentran en manos de familiares que la sobreviven.
  • Pintora simbolista, aborda temas religiosos en su obra y usa elementos metafóricos para representarlos.
  • Expuso en la Academia de San Carlos sus obras: La Madre del Salvador, La sibila tiburtina, La bella jardinera, La oración y Rebeca volviendo de la fuente.

Bibliografía

Entrevista con la maestra en Humanidades y escritora Blanca Álvarez Caballero, por Alma Lilia Ríos (Marzo, 2019).
Entrevista con el director de Educación, Cultura y Recreación de Zinacantepec José de Jesús, por Alma Lilia Ríos (Marzo, 2019).
Santiago Gutiérrez, F.. (1883). Impresiones de viaje. México: UANL. Sitio web: http://cdigital.dgb.uanl.mx/la/1020000731_C/1020000732_T2/1020000732.PDF
Lagunas Ruiz, H. Vida cotidiana y laboral en las haciendas de Zinacantepec siglos XIX y XX: UEMEX. Sitio web: http://web.uaemex.mx/plin/colmena/Colmena_70/Colmenario/Vida_cotidiana_laboral.pdf
Matilde Zúñiga. Pintora del siglo XIX. 2019, de CODEM. Sitio web: https://revistas-colaboracion.juridicas.unam.mx/index.php/derechos-humanos-emx/article/view/4339/3777

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